Había una vez, hace mucho mucho tiempo, un empresario que vivía en una gran ciudad. Su familia, antes rica, había quedado arruinada. Sin embargo, él continuaba conservando aquella imagen de rico, y se gastaba el poco dinero que ganaba en placeres que así lo demostraran.
Cuando era joven, había mantenido relaciones tormentosas con jóvenes adolescentes, los compraba con sueños y grandes promesas para más tarde dejarlos tirados en la calle.
Al cumplir los treinta se casó con una mujer cinco años mayor que él, y tuvieron tres hijos. Cuando el primer hijo cumplió dieciocho años le confesó a su padre que era homosexual. El padre pagó a unos matones para que le dieran una paliza. Terminó en coma.
Aunque su padre le quería no podía permitir que perjudicara su imagen.
Su segundo hijo empezó a tener problemas desde pequeño, decía que veía y escuchaba cosas que no existían. Su padre lo internó en un centro para niños problemáticos. El chico terminó suicidándose, solo quería llamar la atención.
Quedó entonces el padre con el menor de sus hijos, como si Dios se creyera, lo modeló a su imagen y semejanza. Actualmente, veinte años más tarde, el menor de los hijos es un empresario de renombre con un pasado que no puede nombrar. Está casado y mantiene varias relaciones paralelas.
P.S: A las personas que son capaces de pasar por encima de cualquiera con tal de mantener una imagen que dicen tener pero que en realidad no tienen. La imagen para ellos es lo más importante, para todo lo demás, Mastercard.
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